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Desde hace más de 1.000 años, gentes de todo el viejo mundo comenzaron a caminar hacia un lejano Finisterre. Su meta estaba situada en un país de lluvia y verdor, de niebla y granito, en el que, alrededor del sepulcro del Apostol Santiago, había nacido la Capital de Occidente, la tercera de las ciudades Santas de la Cristiandad: Compostela.
A comienzos del siglo IX, el ermitaño Pelayo observó en el bosque cercano a la actual iglesia de San Fiz de Solovio resplandores y músicas misteríosas. Acudió al obispo Teodomiro quién halló en el lugar el sepulcro del Apastol Santiago, cuyo cadaver había sido traído a Galicia por sus discípulos.
Alfonso II el Casto ordenó la construcción de una primera iglesia en torno al sepulcro, y a Santiago llegaron, desde entonces, gentes de toda condición y origen a postrarse ante el Apostol trayendo como presentes lengua y cultura de lejanas tierras, el fluir de las ideas,las invenciones, y la historia.
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Santiago, hoy capital de Galicia, morada del Patrón de España es también capital de Europa y en ella confluyen - como en Roma - todos los caminos.
Por uno de estos caminos, el mayor, el viejo camino francés, el Camino de Santiago por excelencia, llegamos a Compostela. Y si el peregrino tenía como objetivo inmediato la catedral del Señor Santiago, nosotros acudiremos a ella después de haber visitado los más importantes elementos monumentales que nacieron alrededor de esta Catedral, por su influencia, y como fruto de una fe que hizo surgir artificiales montañas de piedra en una tierra situada al final del mundo conocido.
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